Rubens, El Prado y el Impresionismo

Retrato de Susana Fourment/1625
Retrato de Susana Fourment/1625

 A mi don Pedro Pablo me encanta  con esa explosión de coloridos y ritmos tan típica de él, esos dibujos  perfectos, esas mujeres  rotundas, esos caballos  nobles y etéreos, sin  moscas ni olor corporal. Decía el catálogo que hay obra suya y de taller. El taller por lo visto contaba como operarios a los mejores pintores europeos del  momento: menudo taller. Diferencias entre lo suyo y lo de taller: pocas, qué mas da.  Los azules, con cuentagotas; debe ser que escaseaba y era caro aquel azul de lapislázuli que no volverá . No tomé apuntes por puro agotamiento pero sí recuerdo que el archiconocido Las tres gracias, debe ser de lo mejorque pintó el maestro, lo más iluminado, lo que más le gustó y conservó como propiedad personal hasta el final de su vida. No hay mejor criterio para comprobar la calidad de una obra concreta que mirar lo que el artista no vende a pesar de ser cuadro terminado, será por algo. Cuando se mira al natural la obra se comprueba que ni celulitis ni nada: las modelos adelgazan notoriamente al verlasen persona, o eso percibí; una era su propia esposa. No responden al canon actual, no son flacas ni anoréxicas ni nada de eso, son mujeres reales, c’est tout. Como de costumbre, las visitas suelen aglomerarse ante los mejores cuadros; los espectadores entienden más de lo que se cree. A lo mejor es porque son los cuadros más famosos; o a lo mejor no. No vi el retrato de Susana Fourment, no debía estar. Que pena.

Ya  que uno estaba en El Prado, aproveché para repasar por enésima vez — a paso de carga—  la santísima trinidad española: El Greco, Velázquez y Goya.

Poco que decir de esos tres monstruos. Los formatos  de El Greco a guisa de díptico vertical, el colorido y el ritmo, ¿qué  añadir a semejante visión?  Aun asi lo dejo para otra entrada. El hermetismo de El Greco es tan estimulante que no resisto la tentación de meter próximamente la garcilla en su pintura, dentro de límites modestos, naturalmente.

Don Diego mosqueao/óleo s/cartón 15×20/manolo1985

Cuando contemplo a Velázquez  me invaden siempre una tristeza y  melancolía insuperables. Me viene a la mente su vida tristísima, los trabajos que pasó para ganar cuatro cuartos, las multitareas que acabaron por precipitar su muerte por agotamiento; lo que debió   aguantar de aquel cretino arrogante de Felipe IV o de Olivares, en un palacio medio en ruinas donde la mitad de los días no había ni para comer toda la servidumbre, entre ella el propio Diego…

En 1619, con 28 añitos, recien establecido en la corte austriaca ya nos aparece el nombre de don  Diego en un pleito de los pintores contra la Hacienda publica de su tiempo que, por la pinta, debía arrastrarse desde 1606. Pleito recurrente. Los inspectores pedían pasta equiparando a los pintores con  comerciantes, herreros, carpinteros, etc. Esto sería lógico desde nuestra óptica actual, pero no entonces, cuando los artistas estaban exentos del pago de alcabalas, por lo tanto, aparte de perras se litigaba sobre si los pintores eran artistas o curtidores de tela. El Rey que era quien les había eximido, les lanzó encima a los inspectores de Hacienda a continuación. Si es que parece puritita actualidad.

pequeña Menina/óleo s/cartón 14×18/manolo 1985

Las Meninas, sorpresa una vez más. No es un formato tan grande como crei recordar, es una pintura intimista; la mayor parte de la obra de don Diego lo es. Como lo han cambiado de sitio y condiciones de contemplación unas ocho veces  y había delante una nube de japoneses, pues no sé. Me pareció insuficientemente protegido contra locos y dementes del guínes . Velázquez da la impresión que pintaba en un mal taller escasamente iluminado, con los colores más baratos entre los que había entonces (ahora son todos igual de caros): ocres, tierras, sombras tostadas, sombras naturales, algo de rojo, el eterno albayalde, algo de negro, etc. Azules, pocos, como todos los currantes del pincel. Pintura triste  Que las Meninas sea mucho mas pequeño que por ejemplo el retrato ecuestre del genial  Felipe IV nos  habla sin duda  de cómo las gastaba  el real maromo. Que salgan él y su santa borrosos en un espejo porque no dejaba que lo retrataran y no verse así envejecer— pensaría que era guapo— informa de la calidad intelectual del personaje. Que fuera necesario traer a rastras a don Diego desde Italia porque por las buenas no hubiera regresado nos dice mucho de aquella corte hispano-austriaca sórdida, triste y maloliente. En 1623 lo nombraron pintor del rey, vaya honor, cargo inferior a pintor de cámara, lo cual le acarreó envidias en una España que envidiaba hasta ver comer al prójimo un bocata de tocino rancio. En  1637 todavía andaba el buen don Diego pleiteando contra Hacienda a pesar de que  cuatro años antes el rey había vuelto a declarar exentos de alcabalas a los pintores de corte. Al rey nadie le hacia caso aparentemente, pero como tampoco daba nunca o casi nunca órdenes por escrito, como pa fiarse del manús.

En 1652, nombran a nuestro pintor nacional  Aposentador mayor,  pluriempleo que terminó con su pintura y una vida rayana en la miserabilidad.  Ha sido el  mejor pintor en el peor escenario posible,  lástima. La tierra no dio para más. Tras la muerte de don Diego, los inspectores de turno vuelven a iniciar un expediente —no bastaba morirse para sacárselos de encima— de tipo recaudatorio, supongo que para levantarse con la herencia. Cuando se comprobó que debia 15 000 reales a la real Hacienda  pero ésta le debía a él 75 000, dejaron decaer el mamotreto.

El funcionario/óleo s/papel 18×24 manolo 1986

A Goya  tambien lo dejaré para mejor ocasión. De paso comentaré lo que pienso de la invención de las dos Españas atribuida a don Francisco, o eso dicen. Encima de exiliado y pobre, imputado de pesimismo peligroso para la seguridad del estado. Pintar en España no es buen augurio.

Ya por último, aprovechando el agotamiento total me acerqué a la sala de Caja Madrid donde había una parte de la expo “ Jardines impresionistas”. Como nada más entrar había una obra maestra de Vincent y encima se podía uno sentar alli cerca, me tiré una hora de contemplación en éxtasis gratuito, cosa que no todos los días le es dado a uno disfrutar ni mucho menos. Había tambien tres Monet y dos Cezanne. Solo por eso merece la pena un viaje a Madrid. Que lo sepan los organizadores. Muchas gracias a ellos.

©artemanolo 2011

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