Azaña entra en el Congreso!

20 sept. 2011

óleo sobre cartón
34×45 manolo 1995

Es curioso que cuando encargan un retrato pintado todo el mundo dé por supuesto que deberá ser figurativo al máximo. Dicen los chismorreos del pasado siglo que el retrato robot cubista de un delincuente provocó las carcajadas de las fuerzas del orden aquel día, ya lejano, de los autos. No veo por qué.

He contemplado los dos retratos añadidos hoy en el pasillo ese del Congreso, uno de Azaña, otro de Suárez, a través de las escasas fotos que nos han dejado entrever – hacen bien en este caso–  los medios audiovisuales. El parecido a los modelos reales es menor que el que conseguían los cubistas de los suyos.  Eso  daría igual si no fuera porque la calidad de los “medallones” me parece infumable, de principiante, impropia del lugar al que van destinados (o a lo mejor no; a lo mejor,  adecuada al ídem). A Suárez lo hemos conocido todos. A Azaña no, afortunadamente (lo digo por la época, no por el personaje), pero debe haber sobre él mas iconografía que de ningún otro prócer de la II República.

Supongo que la imagen pintada de Azaña responde vagamente a la edad de cuando terminó la mili (no la hizo por redención monetaria, pero para entendernos), un no sé qué jesuítico aun juvenil –con lo que él apreciaba  la orden–, un sarcasmo inoportuno.

El medallón de Suárez ni sé  a qué extraña asociación de ideas podría parecerse, si se pareciera algo a alguien. A Suárez desde luego, no.

Con esto no digo que sea fácil retratar al oleo ni encargar tampoco un retrato sin saber  qué te van a dar.  Debe ser dificilísimo a juzgar por los resultados. Alguien debería asesorar a sus señorías los padres de la patria sobre estos temas artísticos (y sobre los otros). Tampoco es fácil soportar que cualquier iconoclasta amateur venga y te diga que has pintado dos malos  cromos, pero así es la vida artística del mercado: dura como el pedernal, árida cual meseta castellana, desagradecida cual  político con mando, etc.

Se siente.