La pintura como literatura

La pintura como literatura  /29/12/2011/

D. Miguel ante el plagio
óleo s/cartulina 40×32 /manolo 2011

Cuando uno quiere contar algo (que tengas algo que contar es otra cuestión), se puede   hacer bajo diversas formas y formatos. Los más habituales son la literatura y la pintura. En realidad los sistemas narrativos, los códigos, son similares en ambas disciplinas, aunque existen diferencias obviamente.

La única diferencia que importa en la actualidad es la de mercado, el Gran jefe.

La literatura es una industria como cualquier otra, como la fabricación de tuercas. Hay una cadena de elaboración, una cadena productiva, otra de distribución, otra de venta y los consumidores, que no es lo mismo que lectores. Hay, en definitiva, un montón de gente que cobra comisión, el mercado se mueve. Esto ha sido una obviedad entre los anglosajones desde siempre. Les da lo mismo producir libros o latas de rosbif con tal que haya negocio (“business as usual”). No es una crítica, es lo que hay. Nada que objetar.

La pintura hasta hace poco era otra cosa. Había unos productores, los pintores, y unos consumidores, los amateurs, los que aman el arte y tienen dinero como para pagárselo en su casa. Excesivamente simple para provocar el  interés de los mercaderes: indeseable desde la óptica de la economía global: no se generan plusvalías, no se reparte el pastel en miles de tajadas, en fin, una vergüenza del capitalismo.

La literatura lleva pues una gran ventaja a la pintura. De hecho, la industria editorial actual funciona casi sin lectores. No parece que le importe a nadie y no seré yo quien lo cuestione Se ha conseguido separar casi por completo los conceptos de consumidor de literatura (y de libros) y el de lector: compras el libro de moda y lo colocas en la estantería después de leer ocho  páginas infumables. A mí me parece una proeza de la mercadotecnia. Los autores y editores concienciados del busilis han decidido al parecer pasar de crear nada y dedicarse mayormente al escaneo, la copia, el plagio y la osmosis; tampoco es nada nuevo por supuesto. El resultado es  evidente: aburrimiento total y búsqueda de nuevas fuentes de diversión/información por parte de los presuntos lectores. Quien tenga dudas se consulte el articulo de Rosa Montero (doña Rosa me perdonará la cita) esta semana pasada describiendo un caso particular dentro del general que tratamos aquí. Lo que más me irrita es la jeta que le echan los chorizos en turno de escáner.

La pintura es otra cosa en ese sentido. Podemos intentar crear una industria moderna semejante a la literaria que sea capaz de repartir plusvalías y dividendos entre todos los intermediarios implicados: artistas, curators, galeristas, transportistas, museistas, accionistas, criticistas y yo qué sé cuantos más. Se ha intentado pero no funcionó: el mercado del ramo ha caído con más estrépito aun que las stock options esas. Han vendido humo, futuribles, videoartes, copias de ordenador, fotocopias, obras grandiosas generadas por alguna moderna maquina reprográfica sin nada detrás, bichos sumergidos en urnas de formol, cadáveres plastificados, curatores que no hacen más que aumentar la magnitud del desastre. Tampoco esto es un reproche (a mí y a la mayoría qué más nos da). Reproche:  lo feo que acaba saliendo todo, como la pastelería industrial: llega a las masas de consumidores y es barata pero sabe a rayos. Las artes visuales industrializadas también llegan a las masas hoy día, pero saben igual de mal y lo que es peor: no son nada baratas. La dialéctica valor/ precio de las cosas  cada día se nos muestra más virulenta.

La literatura narrativa actual es también relativamente barata, pero tiene un regusto como todo lo anterior.

En el último ARCO 2011 se han visto cuadros de un metro a 400 euros; también se ha visto a un indigente mental recogiendo los bártulos del stand tras la exposición diciendo que aquello era una performance. Desastre anunciado.

Los alemanes han inventado un moderno sistema de inversión en arte que consiste en comprar una obra grafica pagada a tocateja que luego te guardan en un almacén y esperas quince años a que se revalorice (o veinte, no sé). Cuestión de fe calvinista, supongo.

Feliz y próspero año nuevo para todos los que no se hayan estrenado nunca en ello                                                       ©artemanolo 2011

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