ESPAÑA CAÑI Y EL CINE pESPAÑOL

Llevo unos días reordenando mi minúscula colección de viejos programas de cine de mano. Estéticamente me parecen interesantes, sobre todo los de color. Desde el punto de vista ideológico y cinematográfico también son interesantes: trasluce una panorámica del cine que se proyectaba en la península durante los años oscuros (1939-1982) y de las mentalidades, objetivos y contenidos de aquel cine espantoso, atroz, demencial, que se producía en el interior de pEspaña bajo el auspicio de las subvenciones del sindicato nacional del espectáculo y la junta de censura, que, al parecer, era multitudinaria (13 censores al menos para dictaminar cada película, de los que dos o tres eran curas preceptivamente).

   En algunas de las memorias que he ojeado ocasionalmente de los protas de aquella época no he podido localizar ni una sola mención a ese pequeño detalle que, por lo leído, a nadie le gusta recordar: el cine español era un bodrio insufrible realizado a espaldas del público, cuyo único fin conocido era conseguir la subvención máxima del SNE (casi siempre ligada a valores morales y humanos) y de paso atribuirse un cupo de películas yankis de importación por cada producción española.

Decía un ilustre personaje del cine y teatro españoles del tiempo, que jamás pudo entender las razones por las que unas películas tenían éxito y otras no. Esto lo dijo sin ponerse colorado ni nada. Tal vez en la comparación de programas de mano contemporaneos apreciemos alguna de aquellas razones (1942 y 1943)

El contraste entre ambos tipos de filmografía−la española y la yanki– traía como consecuencia que las producciones nacionales fueran relegadas a cines de pueblo donde no quedaba otra que verlas o quedarse en casa. En las sesiones de cine infantil de las ciudades, los niños teníamos ese mismo problema: la basura infumable, para las sesiones baratas infantiles de los cines de barrio. Tal fue el caso de Alba de América (repuesta recientemente en la 2) que produjo un trauma irreversible cuyos efectos secundarios aun se notan en mi generación por haber visto de niños esa pesadilla.

    Jeromin (obligatoria en la escuela), o El judas, terminaron de abollarnos la cabeza quizá hasta hoy, aunque a lo mejor son excusas que uno va poniendo para justificar el orden de cosas actual en pEspaña. Y eso que algunos nos negamos directamente a ver La campanera o El ruiseños de las cumbres, demasiado fuertes hasta para niños de 8 años. No por  cuestiones ideológicas por supuesto, sino porque eran de cantar; ideología de la buena la había en Marcelino pan y vino y allá fuimos todos.

La oposición infantil al fascismo no fue eficaz, reconozcámoslo, aunque los adultos tampoco se lucieron mucho.

espectadores
Los Espectadores/óleo cartón/18×14/manolo 1989/

A partir de 1982 algunos ingenuos pensábamos que por fin habría una brisa fresca de cambio, de mentalidades, instituciones, enseñanza pública, representantes del pueblo en el congreso, en fin…todo eso que podría hacer más llevadera la vida bajo una democracia de mercado: así ha sido. No hay más que comparar las carteleras de 1947 y este diciembre de 2016.

                       Nunca he creído en la eternidad: otro error.

                                                                                              © artemanolo.diciembre 2016