Ciencia ficción en el Siglo de Oro

Cervantes dudando 2014 manolo© óleo/cartulina 30x40
Cervantes dudando
2014 manolo©
óleo/cartulina 30×40

Por costumbre asociamos ciencia ficción al relato actual de un modelo de futuro de periodo variable, quizá dentro de 100 años o dentro de 1000, da lo mismo.

Cuando la ciencia ficción se focaliza en nuestro presente o pasado reciente hablamos de ficción a secas. Hay quien dice que en eso consiste la literatura novelística pero es exagerar; hay literatura actual que ni ficción, ni realidad ni ná de ná.

Ciencia ficción de la buena son los libros de Historia contemporánea.

Curiosamente en los siglos XVI-XVII la ciencia ficción avant la lettre, los relatos fantásticos de caballerías, no usaban como base argumental su futuro sino su pasado. No existen, que se sepa, relatos de aquel tiempo pintando el futuro, o sea a nosotros, tal como nos veían desde allí. La historia de la ciencia ficción en castellano empieza con los relatos de caballerías, hazañas de héroes fantásticos trescientos años anteriores al siglo de oro que nunca existieron. Después, aparecen relatos pastoriles en presente, tan de ciencia ficción como las novelas de caballerías en pretérito indefinido. La literatura picaresca en presente o pasado reciente cobra su auge a lo largo de esos dos siglos.

El Quijote, un mix entre dos modas, parece desarrollarse en el presente de Cervantes pero yo no veo claro si es ficción novelada, novela realista o ciencia ficción directamente.

¿Por qué en el siglo de oro y sucesivos no inventaban futuros lejanos? Porque no les cabía en la cabeza que pudiera existir un futuro distinto de su presente. Presente y futuro eran una misma cosa: eternidad. La ciencia ficción solo podía inventarse a través de un pasado remoto, fantástico, cuyo aspecto podía ser narrado y deformado al gusto de cada artesano, o bien un presente imaginario que pocos podían refutar. Y así, cuando don Quijote, Lazarillo o Buscón hablaban en actual no se sabe si tratan de ficción o de su acontecer cotidiano real.  Puede haber una proporción de realidad real en la receta, sin duda, pero no sabemos cuanta.

Hoy podemos intuir si una novela/película actuales mienten desaforadamente o se ajustan a los hechos aunque sea poco, porque conocemos nuestro presente cotidiano de forma aceptable (suponiendo que a alguien le interese tal conocimiento) y disponemos también de alguna documentación asequible sobre la historia reciente. Pero va a ser difícil conocer el tanto por cien de realidad real contenida en el Quijote o en Lázaro, como, también les fue difícil saberlo a sus contemporáneos, la mayoría de los cuales nacían, vivian y morían en una aldea de seis hectáreas, o en un lugar más reducido aun. ¿Que podrían saber ellos de la batalla de Lepanto? ¿Qué de la vida en las colonias americanas o de los estudiantados pajes de la universidad de Alcalá? Por cierto, ¿que demonios será eso de ‘estudiantado paje’? (Las erratas de los amanuenses e impresores hacen parecer a Cervantes algo disléxico).

En cuanto a nosotros, ¿que sabemos hoy de cierto sobre la vida real de Cervantes y los tremendos avatares que debió sufrir?   Si poco sabemos de él, menos aun de las gentes, estructuras sociales, costumbres y literatura que contextualizaron su Quijote. Ni siquiera estamos seguros de lo que Cervantes quiso decir. La vida cotidiana de la gente no deja apenas documentos. La literatura del XVI y XVII podría ser un buen documento para nosotros–debería– pero nuestros deseos como lectores no sustituyen la proporción de realidad real contenida en ella y encima no se conserva ni la centésima parte de lo publicado entonces. De los manuscritos ya ni hablamos, con lo valiosos que eran como papel higiénico o enlomado de talleres de encuadernacion.

No me creo casi nada del Quijote y muy poco de Lázaro o del Buscón, pero Lázaro me gusta más, porque me gusta así como es él, insignificante, atroz. Como más real.

manolo 2016©

Arte Total y Derechos de Autor

 manolo/sin título (Sin terminar) óleo sobre cartón 2012
manolo/sin título (Sin terminar) óleo sobre cartón 2012

Parece ser que nuestro surrealista ministro de Educación católica ha recibido una carta de un tal K.Fitzgerald, presidente  de algo así como la patronal europea del gremio de libreros, donde se critica sarcásticamente a PesPaña por pasar (de momento) de cobrar derechos de reproducción de fragmentos literarios contemporáneos en  libros de texto escolares.

La carta no  detalla los motivos exactos de la preocupación del maromo ese por derechos que no cobrarían los libreros sino los autores; debe ser cosa altruista y filantrópica, fijo.

En nuestro país tenemos la suerte de que los textos evangélicos (de momento) no tienen derechos de autor, diga lo que diga el cura que cobraba como guionista de la misa de  once en la TVE1 los domingos de los 60, cada día más cercanos (los 60, no los evangelios). Para temblar.

Don Fitzgerald alega mediante ingeniosa pirueta dialéctica, que los países mejor situados en la prueba PISA son justo los que pondrán en práctica la nueva normativa de pago por todo, porque son más listos y mejor educados.

Las pruebas PISA las conozco algo, quizá porque me tocó corregir dos en mis tiempos de profe de instituto triste: como no se permitía seleccionar a los alumnos a evaluar, los institutos públicos  estaban condenados al fracaso  puesto que acogen a casi todos los alumnos  desfavorecidos y por ello con más índice de fracaso académico. La de 2006 concretamente, recuerdo  entre tinieblas el texto para evaluar la comprensión lectora,  tan estólido y mal redactado que ni llegué a entenderlo ni me interesó lo mas mínimo; pero esa es otra historia.

La pasta en juego podría ser grandiosa si se  paga cada vez que en un libro de texto se anoten fragmentos literarios tan sugerentes y creativos como, por ejemplo “Costas las de Levante”; o bien éste otro:   “− ¡Ah- exclamó- comprar y vender! ¡Como si no hubiera nada más en el mundo que comprar y vender!”, etc. (buf).  Se triplicaría presumiblemente el precio de los libros de texto de L.y L. No así los de ciencias. Si Watson cobrara cada vez que se menciona o se publica la estructura en doble hélice,  poseería ahora mismo el nivel adquisitivo de Rockefeller o Gates. Que cosas.

La respuesta, fácil: no citar a nadie posterior a Galdós; tema solucionado.

Pero a mí lo que me gusta es el debate sobre  arte total; en ese sentido es como entiendo la correlación entre el ranking PISA y el internacional de artistas más cotizados. El que es listo lo es: igual te resuelve una ecuación diofántica que te pinta una ola tremenda, unos garabatos expresionistas abstractos, un videoarte a base de mok, mok, o tal vez un beséler de 1000 páginas. ¡Que genoma el de los pueblos anglogermánicos, que envidia!

© artemanolo, 6/2013